sábado, 12 de noviembre de 2011

La soledad del anciano

            A través de noticias como la de ancianos que mueren solos en sus casas y en las que sus vecinos saben de su muerte tan solo por que la descomposición  provoca olor, nos encontramos con una realidad, triste pero cierta. Son muchos los ancianos que viven solos en sus casas sin más compañía que la de algún perro o gato.
Esta situación de soledad, es vivida por la inmensa mayoría de estos ancianos con el profundo dolor de verse olvidados por sus hijos y familias, lo que les empuja en numerosas ocasiones  al abandono de sí mismos, a la abulia  y  a la depresión.
                                                                             

            Los cambios sociales acontecidos en el último siglo, especialmente el haber pasado de la tradicional familia extensa que incluía abuelos, tíos y primos además de padres y hermanos a una familia nuclear que incluye tan solo a la pareja e hijos, han dado lugar a la separación y olvido de los abuelos, viéndolos tan solo como un estorbo, que habiendo cumplido ya con su obligación respecto a los hijos pasan a ser considerados por el resto de la familia como una carga, y es que  décadas de ausencia en la convivencia familiar les vacía de todo componente afectivo que pueda sublimar los esfuerzos que derivan de su cuidado.

La mujer ha sido y continúa siendo, en un primer momento las esposas y desaparecidas estas las hijas, la que ha desempeñado casi con exclusividad el cuidado, tanto afectivo como físico del anciano (cosa que por cierto dice bastante poco a favor del hombre) 
Respecto a la organización familiar a la que hemos hecho referencia hay que señalar también como la incorporación masiva de la mujer al mercado laboral ha sido un aspecto más que ha ido en detrimento del mantenimiento del anciano dentro del ámbito familiar.
Ahora bien, toda esta nueva estructuración familiar y social se encuentra inmersa en el materialismo consumista imperante, que desde la persecución del bienestar económico a cualquier precio, pasa incluso por encima de los deberes derivados del amor filial. Esta visión materialista mueve a pensar en clave de  “cuanto menor sea la cantidad de miembros de la familia, mayor será el nivel de vida y menor el esfuerzo suplementario a realizar”, por supuesto los mayores serán considerados un inconveniente para ese disfrute consumista así como para el aprovechamiento casi maniaco del tiempo libre.

            De esta manera es el anciano mismo, el que al enfrentarse a una situación en que siente el reproche , a veces silencioso, otras veces explícito,  de sus hijos o nueros,  o buscando evitar ser una carga para los suyos  , opta por  retirarse a la soledad de su hogar en busca tan solo un lugar donde huir del medio sin molestar a nadie.
            Para terminar de “arreglar” este paisaje con el que se enfrentan nuestros ancianos, el individualismo ha llegado desde hace años  a las relaciones humanas en las comunidades de vecinos, relaciones en las que ya no existe amistad o apoyo “de escalera”, pues a raíz de ese ansia de individualismo, fruto en gran medida del miedo al compromiso que acarrea toda pertenencia a entidades sociales estrechas. 
                                                                             
 Ya s ha dejado de ser la  vecindad la pertenencia a una comunidad humana de intercambio social  y de ayuda mutua. Cada uno vive encerrado en un feudo que le permite escapar a cualquier responsabilidad emocional, a la par que le aleja de toda convivencia verdaderamente humana.

Debido en gran parte a todo lo que antes hemos venido describiendo, muchos ancianos, no pudiendo irse a vivir con sus familia y tampoco pudiendo o queriendo ir a vivir a sus hogares optan por ingresar en algún centro geriátrico. Ingreso que resulta no solamente recomendable sino imprescindible en el caso de las personas inválidas o dependientes. Pero cuando el que ingresa no se encuentra impedido y es válido por sí mismo puede ser peor el remedio que la enfermedad ya que  pasar de un ambiente conocido y familiar a otro desconocido lleva aparejada una adaptación que resulta difícil . De hecho suele ocurrir que cuando la persona entra en cualquier centro sus problemas psicológicos se vuelven crónicos y se incrementa el nivel de dependencia. Esto no debe hacer olvidar que la opción que se ha de tomar siempre en el caso de dependencia o invalidez será el ingreso en un centro de mayores. Ahora bien, bajo ningún aspecto puede la familia utilizar el geriátrico como un almacén en el que se abandona al anciano  cuando resulta molesto. Las obligaciones  que derivan de un mínimo de cariño y humanidad  han de llevar a los hijos a visitar con asiduidad al anciano, a ser afectuoso con ellos y a preocuparse por su situación. Solamente si el familiar se sirve de la residencia a modo de cajón para juguetes rotos puede entenderse que algunos ancianos sean maltratados, mal alimentados o  vivan en situaciones deplorables en tales  residencias.
                                                                     

            Afrontar la situación de los ancianos aislados no consiste tan solo en que las administraciones cubran las necesidades económicas, sanitarias o se encarguen de la adaptación que los mayores. pudieran necesitar en las sus viviendas. El camino, sin abandonar  la participación  pública o privada, ha de centrarse en promocionar un funcionamiento social de mayor interdependencia que de esta manera encontrará un mayor apoyo afectivo, emocional y físico y sobre todo una interacción en que el mayor encuentre su sitio como abuelo.
Se debe promover el sentimiento de pertenencia al grupo, ya sea este familiar, vecinal o de cualquier otro tipo.
El sentimiento familiar y los afectos que este lleva parejo aparecerán de la interrelación dentro de la familia extensa, cuyo contacto propiciará fuertes lazos entre padres e hijos y entre nietos y abuelos, afectos sin los cuales el contacto con las dependencias se vivirán de modo molesto e  inasumible.
El sentimiento de pertenencia  a un  grupo con respecto al vecindario más cercanos resulta fundamental, ya que en ausencia de problemas la realidad se amplia y en presencia de estos se encontrará apoyo que fortalecerá  moralmente tanto al beneficiado como a aquel que ofrece la ayuda.
Es más, sin estas premisas, la ayuda sanitaria y de los servicios sociales servirán tan solo como puntos en los que se apoyarán  los familiares para justificar su inacción.
Habría que arbitrar alguna manera de conciliar los derechos universales a las prestaciones sociales con la aplicación de subsidiariedad respecto de lo que pueda recibir el anciano por parte de su familia y amigos.
Lo que subyace a todo es el miedo a la pertenencia a entidades grupales cercanas por el terror que el individualismo siente ante la  responsabilidad que esta pertenencia acarrea.


De hecho la soledad del anciano no es sino la soledad de una sociedad desarraigada.


                                                                                

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