domingo, 21 de agosto de 2011

Falsa Representatividad


La representatividad partitocrática ha tocado fondo y ya no es aceptada por un cada vez más  amplio sector de la población del autodenominado primer mundo. Esta parte de la población se siente decepcionada  por no alcanzar  esa expectativa de ser  artífices de la historia por medio  de la participación en el gobierno de sus sociedades. Y lo que es aún más grave, se siente engañada al descubrir  que son  los poderes del  capital y de las finanzas los que realmente  tienen el poder y llevan a cabo la planificación y desarrollo  de algo que durante tanto tiempo se les había hecho creer que derivaba   de una soberanía popular expresada cada cuatro años en las urnas.
Y es que  esa población asiste a como  la casta política  es gobernada y ninguneada por poderes tiránicos como son los derivados de  las altas finanzas. Unos poderes estos que  se imponen a  esos  que supuestamente han sido colocados  en sus cargos por los votantes para dirigir la política, la economía y el bienestar de las naciones  y sus ciudadanos.
La representación a través de partidos políticos no deja de ser un engaño, y como tal está empezando a ser considerado. La crisis general  que está padeciendo Occidente, crisis económica, de valores y de futuro, es  la que traumáticamente  ha abierto los ojos de  aquellos que vivían sometidos a la mentira de una sociedad opulenta  que era supuestamente  facilitada por la democracia partitocrática.
Pero la terrible crisis por la que atravesamos  ha puesto de manifiesto como   el capitalismo no tiene para nada en cuenta  al ser humano, ni a su dignidad. Lo único que lo mueve es el logro del  beneficio y  el  medio fundamental para lograrlo es  la especulación.
La población occidental, especialmente la más joven, que es la que más amenazado ve un futuro que se le había vendido con un acceso seguro a al paraíso del bienestar pleno de consumismo.
La población ha comenzado  a  tomar conciencia de que  en modo alguno participan en el gobierno de sus sociedades nacionales. Han  despertado de ese   falso sueño en el que  habían creído  que  la soberanía  residía en el pueblo y  que esta soberanía solamente podía encauzarse  a través de  los partidos políticos .
El sistema de partidos políticos lleva en su propia esencia el enfrentamiento entre los ciudadanos, promoviendo la discordia en lugar de mover a la unidad y cohesión social. Y esto ocurre así al oponer  a aquellos que  siguen a un partido con aquellos que siguen  a otro. Y es que tan sólo de la victoria en esta pugna  podrá  un partido alcanzar el poder, eso sí a costa de la derrota  del otro . Pero a esa base  disgregadora de la sociedad que el sistema de partidos lleva aparejado se unen dos cuestiones que en la actualidad han sido por fin considerados por los ciudadanos como  unos elementos  que  desvirtúan la participación del pueblo en el gobierno de la cosa pública.
De un lado está que los partidos son verdaderos viveros de parásitos que viven  del partido primero y del escaño después, eso sí siempre a costa del erario público. De otro nos encontramos con que los  partidos políticos no son si no  un arma más en manos del poder financiero, y esto es así debido al endeudamiento, sometimiento al fin y al cabo,  que derivada de las inmensas necesidades económicas  precisas para sostener  la estructura material  del partido y  el mantenimiento  de todo el personal que de él depende. Los partidos, y sus decisiones  una vez que alcanzan el poder para gobernar, se encuentran muy alejadas de  esa tan cacareada voluntad popular. La realidad es que está secuestrada por  esa banca que le ha  concedido  inmensos préstamos a los partidos  y que después se los  condona,   siempre a cambio de que el poder político se pliegue a las directrices del poder financiero y del capital.
Así pues  el centro de una renovación que permita que se desarrolle una verdadera  representatividad ha de centrarse  de un lado en los partidos políticos y de otro en  los poderes financieros.
Vamos a comenzar por  analizar   hasta que punto los partidos políticos nos acercan  o por contra nos mantienen  alejados de una verdadera representatividad que nos permita  participar en el gobierno y administración de la nación.
Lo que debe quedar claro, sin el más mínimo atisbo de duda, es que el partido político es un elemento totalmente artificial, carente de conexión con lo que son los verdaderos  elementos naturales en los que se desarrolla la vida del ser humano.
¿Cuáles son esos elementos naturales en los que verdaderamente se desarrolla la vida humana y a través de los cuales se daría una  representación  no sometida a la dictadura de las ideologías, a la  tiranía del capital ni a la rapiña de una casta  que viva de las instituciones de partido?
Para  contestar a esta pregunta  hemos de volver la vista hacia nosotros mismos, hacia nuestra experiencia vital.
Lo primero que nos identifica, ya desde el momento mismo del nacimiento es la familia, una estructura que es tan básica para la sociedad como precisa para la supervivencia física, equilibrio emocional e identidad del individuo.
En segundo lugar nos encontramos con  algo  básico a la hora de conformar nuestra identidad social y que   es el engranaje más cercano si nos referimos a la organización social y a las prestaciones que el sujeto recibe. Por supuesto nos estamos refiriendo al municipio. El municipio forma parte, al igual que la familia, de nuestra identidad.
Y la última seña de identidad que nos define, aunque no desde el primer momento de nuestra existencia, es el gremio  o  grupo laboral en el que desarrollamos nuestro trabajo, el cual es un factor de identidad, de socialización, de  ejercitación laboral y de contribución a la economía nacional.
Si realizamos un análisis que no esté sujeto al apasionamiento que deriva de los prejuicios procedentes de  la  corriente ideológica  instaurada en  Occidente desde hace ya  más de doscientos años, y que a modo de dogmas habla de una soberanía residente en el pueblo cuya  concreción  tomaría forma a través del sufragio universal   expresado en partidos  en liza entre los que habría que  elegir votando a aquel que  gobernase  como delegado de la voluntad popular. nos encontraríamos  con que  el sistema partitocrático, ahora  considerado poco menos que dogmático, no es si no un engendro político  que por un lado  lleva aparejada  la perdida de esfuerzo y capital humano y por otro de ingentes cantidades de dinero.
Con  el sistema de partidos políticos el pueblo no es realmente representado, con este sistema lo único que se crea es una casta de políticos profesionales que de modo parasitario viven , y desarrollan su actividad  “profesional”  a   través de unas estructuras  que les  llevan en su seno desde  el más bajo  nivel  del partido hasta la cúspide que serían las listas  o finalmente  las poltronas de diputados o senadores. Y esto es así puesto que  los costes que la estructura del partido llevan aparejados no los aportan los afiliados si no que provienen de los bolsillos de los ciudadanos a través de  los presupuestos  generales del Estado.
Pero con  la representación  a través de  elementos naturales como serían  la familia, el municipio  o barrio y el sindicato o gremio, no lograríamos  acabar con  un peligro  al que nos referimos al principio del presente escrito.
Me estoy refiriendo por supuesto  al  elevado grado  de influencia, incluso de  dominio, que  el capital y las finanzas  tiene sobre la política  de un  país, dominio e influencia que llega  a  socavar la  soberanía  de la nación.
La solución a ello ha de ser contundente y no andarse con florituras cuando lo que está en juego es la  libertad de España y su soberanía.
La fuerza de la banca, que socaba la  cualquier tipo de representación y explota la precariedad de los ciudadanos ha de ser  eliminada mediante la nacionalización  del crédito bancario. De este modo liberaríamos  a los representantes del pueblo de un poder que  desde su potencia interviene en la economía nacional y controlar las voluntades  de aquellos que representan al pueblo.

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